¡CECIIIIIILIOOOOOOOOOO!
O EL
SECRETARIO MÁS IN DE MORENTE
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| JOSÉ MANUEL GAMBOA. ARCHIVO CANTE DE LAS MINAS. |
José Manuel Gamboa
NUESTRO QUERIDO AMIGO JOSÉ MANUEL GAMBOA, SIN DUDA UN DE LOS MAYORES ESTUDIOSOS E INVESTIGADORES "JONDOS" DE ESTE PAÍS, ADEMÁS DE UN EXCELENTE GUITARRISTA Y MEJOR PERSONA. NOS AUTORIZA A PUBLICAR UNA CURIOSA ANÉCDOTA QUE FORMA PARTE DEL LA INTRAHISTORIA DEL MORENTISMO MADRILEÑO DE LOS 80 Y LOS 90.
EL GENIAL MAESTRO GRANADINO, DOTADO DE UNA INTELIGENCIA Y UNA SENSIBILIDAD FUERA DE LO COMÚN, ADEREZADO CON UN GRAN SENTIDO DEL HUMOR, SE VERÍA ENVUELTO EN MILES DE CURIOSIDADES DE LAS MÁS VARIOPINTAS A LO LARGO DE SU VIDA.
QUIENES TUVIMOS LA OCASIÓN DE GOZAR DE SU AMISTAD, DE CONOCERLO EN LA CERCANÍA, SABEMOS QUE CON SU TRÁGICA DESAPARICIÓN SE MARCHABA UNA PERSONA IRREPETIBLE QUE CALÓ MUY HONDO EN NUESTROS CORAZONES.
DESDE ÉSTE HUMILDE RINCÓN MURCIANO EXPRESAR MI CARIÑO Y ADMIRACIÓN POR EL GENIAL ENRIQUE MORENTE, FIGURA IRREPETIBLE EN EL MUNDO DEL FLAMENCO Y POR EL AUTOR DEL ARTICULO JOSÉ MANUEL GAMBOA.
Parecía
inevitable. Le nacían secretarios por todas partes, o, más bien, Morente
ordenaba secretarios entre el sector más friki de su parroquia. Del que les
hablamos aconteció en nuestras vidas sonoro y desenfocado en 1988, colándose de
rondón en un momento-retrato que congregaba amigos: Paco Ibáñez, Carmen
Linares, Juan Verdú, Álvaro Pérez de Sevilla, Miguel Espín, Miguel Candela…,
Montoyita y Enrique Morente, los protagonistas de la tarde, cumplida su
presencia escénica en el centro cultural ACHNA.
Por el objetivo intentaba
encuadrar el instante y dejarlo nítido, cuando, de la nada, surge una voz
disonante y subidita de vatios – “Esperadme, esperadme que voy, que falto yo”…
En tiempo real veo apareciendo a través de la mirilla de la Pentax K 1000, un
bastón que precede a una pata chunga, y esta a otra, digamos, fetén, que
sostienen un tronco fideo fino-cabellodeángel
envuelto en traje gris, y, arriba, un flequillo caído sobre distraídas gafas de
fina montura metálica adornando el canijo rostro, de boca paradójicamente
robusta en lo sonante y rimbombante. Según se hacía sito, cada cual pensaba que
el caballero era conocido del de al lado. El caso es que se incorporó ¡Vaya si
se incorporó!
Todavía no
sabíamos que se llamaba Cecilio, pero pronto nos íbamos a enterar. Tal era su
singularidad que a no mucho tardar, por metonimia, el nombre de Cecilio se
convierte en sinónimo de friki para el equipo Morente. Lo extravertido de su
punzante vozarrón aturdía por encima de circunstancias, conversaciones, músicas
ambientales o bullas mil, y Enrique Morente poníale coto a su desmán fonador
aplicando la palabra mágica:
¡Ceciiiiiiilioooooooo!
Cecilio desde aquel mismo día
de su entrada en escena, omnipresente y notorio, se convirtió en parte del
paisaje flamenco madrileño, y en miembro, sí o sí, de la familia Morente, en
calidad de secretario personal del maestro. Y éste, ya que se había quedado a
vivir, le hizo un encargo. Cuando la comunidad de vecinos nombró presidente a
Enrique como una especial cortesía, ante la tesitura el cantaor resolvió
agradeciendo la amabilidad y, tras excusarse -“Antes morir que perder la
vida”-, colocó al secretario en la función:
“Está muy
bonito eso de presidente… Ahora, yo, que no mando ni en mi casa, no sé si seré
la persona adecuada… Vamos a hacer las cosas bien. Para corresponder al favor
que ustedes me hacen, antes que meter la pata, no vamos a tener más remedio que
buscar una solución de altura. Aquí les presento a Cecilio, que es mi ayudante
y hombre de confianza, que me lleva todas mis cosas estupendamente. Él, seguro,
es la persona adecuada, por sus amplios conocimientos administrativos y don de
gentes, para hacerse cargo del asunto. Desde este momento lo pongo a su
disposición”.
Y se hizo cargo con el denuedo
esperado. Cecilio tomó las riendas con pulso firme, voz sonora…, y, como era
previsible, desbocó a la comunidad en un santiamén. De modo que con carácter de
urgencia una comisión vino a agradecerle a Morente la ayuda, y a, gentilmente,
anunciarle que habían decidido, por no abusar de tan alta gracia, prescindir de
los servicios del secretario y no volverle a molestar a él, que es un artista,
con estas circunstancias domésticas ¡Bingo!
Para mostrar su legendaria
afición a la escudería flamenca, Cecilio se pasó por El Corte Inglés y vació
las estanterías, haciendo acopio de todos los vinilos disponibles que encontró
abarcando la gama completa de la jondura. Aquella colección de vinilos
impecables, impolutos, envueltos ad aeternum en su celofán, era la demostración
palpable de su raza flamenca. Estaba preparado para asesorar y roadmanagerizar al más pintado.
El 19 de abril de 1989 canta
Enrique Morente en el colegio mayor Isabel de España. Pasaba un año de la
llegada del cometa Cecilio y Enrique, acostumbrado de sobra a su presencia
inevitable, al revoltoso controlaba sin alterarse, con esa calma que da la
cotidianidad, hablándole ante el público –que poco a poco se va metiendo en
situación, pasando de la sonrisa a la carcajada. En el estrado Morente a punto
de recital con Montoyita templando la guitarra…, y Cecilio, se nota, se siente,
presente, dando bastonazos por el escenario, fingiendo los últimos retoques,
comprobando por su cuenta y riesgo que todo estuviese a punto. Y a punto de
caer estuvo al abandonar por fin el proscenio, que le dijo el cantaor:
“Por favor,
no te vayas a caer. Ten cuidao, ten cuidao ¡Sobre todo no te caigas, por
favor, Cecilio, que nos vas a matar! ¡Nos vas a enterrar!”.
Y ya la guitarra dispuesta,
antes de templarse, previene el cantaor:
“¿Está to bien, Cecilio? Los micrófonos esos
están controlaos, ¿no? Entonces…,
empezamos”.
Nace una tanda por
liviana-serrana-macho y seguiriya, más otra de añejas soleares del Silverio el
regio. De seguido, no podría ser de otra forma, averigua el estado del rey de
la situación:
–
“¡Cecilio!, ¿cómo estamos?”.
– “Bien,
bien”.
Mucho más tranquilo, se adentra
en otra colección de soleares, una de seguiriyas, la granaína… En medio de
aquesta interpretación, con harta inquietud, atisba al secretario tomando el
camino hacia la mesa de sonorización. Y esto es lo que cantó/amonestó, sin
perder el compás ni la medida:
Y era en el mundo envidiable
este querer tuyo y mío
era en el
mundo envidiable
-¡tate quieto, Cecilioooo, con
el sonido!-,
tan feliz me considero
que cuenta no le doy a nadie
con la pasión que te quiero.
Agenciose Cecilio una mini
grabadora y motu proprio pasó a engrosar las filas del reporterismo apócrifo,
entrevistando a toda clase de personalidades en situaciones mil. Algunos de los
que colaron ante el estrafalario entrevistador fueron, asómbrese el planeta,
José Sacristán, un Camilo José Cela sin recelar del todo, y un Francisco Umbral
al que no hizo falta preguntarle por sus libros. Hubo quien no. Vayamos con el
episodio más in-tenso.
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| FESTIVAL INTERNACIONAL DEL CANTE DE LAS MINAS 2007. |
LO MÁS IN
Viene mucho
personal, es lo que tiene San Isidro. En torno a la fiesta taurina se reúnen en
Madrid por esas fechas primaverales gentes de paladar, buscavidas, vividores,
pintamonas, aficionados y recién llegados adoptando poses de aficionado de toda
la vida; ese gestito de girar en circulo unidos los dedos índice y corazón de
la mano derecha, mientras sueltan con
boquita de piñón antes de resoplar: “¡Cómo estuvo Curro! ¡Ufff!”. Se
entretiene uno contemplando el desfile.
Entre la
tribu taurófila resplandece la figura menuda, rechoncha y llamativa del
Diamante Rubio con su gorrilla, sus gafas sin cristal y su pañuelo de lunares
al cuello, auténtico personaje del lío. Antes, hace mucho tiempo, con igual
propósito sacacuartos, el Diamante acompañaba a la selección nacional de fútbol
–creo que se escribe así-, pero un tal Manolo el del Bombo le ganó por la mano
y por el ruido que metía. Nuestro animador profesional es hombre de ingenio y
gracia. Se las sabe todas. No le cogerán jamás desprevenido; su trabajo es
orientarse ¡Es una brújula!
Bastón en
ristre, acelerado y poniendo la voz en el cielo aparece el tío Cecilio. Era
paisano del Diamante. Eso es lo único que sabía de él; que era de Graná. Como la novedad le tienta, sobre
todo si esa novedad es alguien que aterrice en el entorno de las personas a las
que él admira y ante las que quiere lucirse, y capta, por demás, que sus
admirados muestran la recíproca con el forastero, ¡para qué queremos más! Ahí
estará Cecilio recordándole al visitante la inmensa relación que antaño
compartieron: “Lo que pasa es que ahora no me reconoces por lo del accidente.
Tuve un accidente y quedé desfigurado y claro...”. El procedimiento surtía
efecto con el común. Más que nada porque al estupefacto ser humano que le toque
en suerte observará la lastimera pinta del entrante que, muy propio, además
abundará en toda clase de detalles sobre la relación perdida atendiendo al
currículum que conozca del sujeto: Que es cantaor, Cecilio le explica la de
veces que compartieron escenarios cuando él aún no había perdido la voz; Si es
torero, él fue mozo de espadas; Que bailaor, él era guitarrista pero la
artrosis... Y si es pintor, él crítico de arte; Si cura, monaguillo, y la gamba
en el cóctel. En resumidas cuentas, una caja de sorpresas su historial.
Aparece pues
Cecilio y, sin dilación, pretende pegar la hebra con el Diamante, que
parsimonioso y ojo avizor se está comiendo un plato de judías en el mostrador
de Casa Patas. Para ponerle en sus antecedentes saluda ostensiblemente a su
admirado Enrique Morente, partidario que es del Diamante. Más que saludarle,
parece lacayo anunciando su asistencia a
los presentes: ENRIQUE MORENTE.
“¡Bingo!”, responde el cantaor.
Sacando del
bolsillo la pequeña grabadora de que les hablamos, Cecilio, cual periodista
radiofónico, intenta que Morente se acerque para contestar unas preguntitas que
él desliza ceremonioso, y que así vea el Diamante su destacada condición en el
círculo de íntimos. A voces, con la boca sobre el micrófono del aparatito:
“Buenas
noches Madrid, buenas noches España. Es una satisfacción enorme encontrarte en
tu primera visita, antes de ver a tu familia, en Casa Patas, antro del
flamenco. Quiero, Enrique, que me des una impresión del panorama del flamenco
actual, dentro de lo que tu has estado ahora mismo en París, que acabas de
llegar”.
Morente, desde una mesa en la
lontananza acompañado por su grupo:
“¿Me puede
repetir la pregunta, por favor?”
El Diamante,
que tiene a Cecilio acosándole, continúa su cena como si la cosa no va con él.
El secretario, al siete por medio, su
tesitura habitual de entonación, insiste:
“Quiero,
Enrique, que des una impresión de cómo funciona lo español en el extranjero,
ahora que acabas de llegar de París”.
Morente se
acerca con parsimonia:
“Cecilio, es
que como estábamos muy lejos, llegaba la voz desde... ¡Fíjate desde donde
llegaba...! Nada, pues muy bien Cecilio, aquí estamos, que me da alegría
saludarte. Ya sabes que me encanta estar contigo un ratito aquí tomando una
copa y, nada ¿Cómo ves tú la situación?”.
Se gira hacia el camarero:
“Una
copilla, haz el favor hombre”.
Cecilio:
“Dentro de
breves momentos podremos tener una conversación más seria [Morente al punto
vuelve a solicitar su copa]
más amena que esta”.
Enrique, que ya ha conseguido
la comanda, vuelve a girarse, ahora hacia el voluntarioso entrevistador: “Lo
que tú digas está bien hecho. Ya sabes que te escuchamos, somos todo oídos y,
en fin, encantados de que hagas tú esta interviú tan simpática. Ya sabes que te
queremos”. E inicia un tímido camino de vuelta.
Cecilio:
“Enrique, yo
no quiero escucharte, yo te he escuchado muchísimas veces, pero España quiere
escucharte y quiere que des tu impresión sobre el momento actual del flamenco”.
Enrique:
“Pero
Cecilio, mira, si es que... El flamenco tiene ahora un momento muy bonito, ya
lo sabes; en fin…, y a ti te encanta. Porque a ti te gusta mucho escuchar los
cantes y te gusta mucho una guitarra y te gusta mucho un baile y te gusta
hablar del arte, porque tú eres asiiiiií. Ya sabes cómo eres, Cecilio. Que eres
una persona fantástica y que te agradezco mucho tus preguntas. Que a ver si
hacemos un arroz o algo un día de estos allí en el campo”.
Suenan risas al fondo. Cecilio
centra la cuestión:
“Enrique, te
estás desviando del tema [El jolgorio crece allende la barra] y no es lo que yo
quiero dar a estos aficionados de España, y quiero que concretamente me digas
cómo está el panorama [Morente: - “Maravillosamente bien, Cecilio,
maravillosamente bien”.] del flamenco actual”.
Morente:
“Que está
muy bien. Porque contamos con personas como tú, que eres uno de los fans del
flamenco y de los personajes que sin elementos como tú, ¿dónde íbamos a ir los
que vivimos de esto?”.
Cecilio:
“No quiero
llevarme la gloria, los panegíricos, y quiero, concretamente, que te dirijas al
público. a esos grandes aficionados. Enrique, por favor, dirige palabras, que
tú sabes con tú razón llegar a ellos”.
Morente:
“¡Ceciiiiiiilioooooooo!
Déjate ir,
perdona, ¿no? En el panorama actual del flamenco ya sabes tú que hay gente
maravillosa, que son amigos tuyos y que los escuchas to los días; a ca instante,
vamos. Tú más que otros los escuchas. Pa
qué me preguntas, si tú ya lo sabes”.
Cecilio/Morente:
“Muchas
gracias, Enrique. Comprendo tu actitud en estos momentos del panorama del
flamenco. Efectivamente, como dice Enrique, hay una gran serie de valores jóvenes
que van a dar mucho que hablar. Buenas noches. [Morente: - “Cecilio, que me
encanta saludarte. Que ya sabes que te apreciamos. Que no te pierdas, que no te
vayas a ir por ahí. En fin, que vengas por aquí, que necesitamos verte”]
Gracias Enrique
[Morente:
-¡Ceciiiiiiilioooooooo!]
pero
la entrevista es para los aficionados, no para Cecilio. Gracias,
Enrique”.
Morente:
“Cecilio,
pero mira, a la afición ya la he contestado de la forma en que te he contestado
a ti ¿Que tiene problemas? ¿Qué quieres, que te cuente problemas a esta hora?
Que no tengo ganas de problemas a esta hora, Cecilio. Que tengo ganas de ver
las cosas bonitas, que es como a ti te gusta verlas. Si a ti te gusta ver las
cosas bien, pa qué vamos a ver los
problemas; que si esto ha pasao, que
esto... ¿Pa qué? Déjame que hable yo
ahora también, ¿no? Ya está, ya iba a hablar él. [Risoteo generalizado] Claro.
También tenemos derecho las criaturas que estamos aquí a expresarnos”.
Cecilio:
“Muchas
gracias, Enrique. Tus palabras son conmovedoras; llegan a la afición, y ha
quedado la reserva de tu pundonor hacia el flamenco. Buenas noches”.
Refrendado su marchamo de
garantía flamenca por Enrique Morente, Cecilio se dispone a entablar
conversación con el Diamante Rubio. Éste, que no ha abierto la boca sino para
dar entrada a las judías y al tinto, se está metiendo ya entre pecho y espalda
un plato de rabo de toro.
Cecilio:
“Muy buenas
noches. Estaba hablando con mi amigo Enrique Morente, porque soy enviado
especial del programa Madrid Flamenco
y tengo que grabar unas palabras suyas para que se emitan. No te acordarás de
mí. Es que tuve un accidente, pero nosotros nos conocemos desde pequeños...”.
El Diamante le echa una mirada
de arriba abajo y, sin inmutarse, sigue masticando.
Cecilio:
“Estoy un
poco embargado por la emoción del reencuentro con el amigo Enrique, que ha
venido de París. Morente, un amigo y paisano nuestro, de esos bellos rincones
del Albaicín y el Sacromonte que tanto echamos de menos desde este ámbito que
con tan grato calor nos acoge. [Pone en marcha el magnetófono y reanuda].
Siguiendo la tónica de las entrevistas, me encuentro aquí con este fabuloso
artista dentro del mundo del toro. Tenemos a...”.
Diamante:
“In-truso.
Haga usted el favor de apagar ese cacharro y déjeme en paz”.
Cecilio:
“Claro, es
que no te acuerdas de mí; de cuando éramos jóvenes y disfrutábamos de esas
correrías enfrente de la Alhambra. Quiero que dirijas unas palabras para Onda Madrid...”
Diamante:
“In-deseable
¡Claro que me acuerdo de usted! Y el que no se me borra es su hermano, el
falangista que cuando la guerra tiraba por los barrancos a los “rojos”, como él
les decía. Márchese de aquí le digo y tengamos la fiesta en paz”. [Sigue
masticando]
Cecilio:
“Quiero
olvidar sus últimas palabras, fruto sin duda de un error...”
Diamante.
“In-icuo”.
[Mastica]
Cecilio:
“Me está
insultando, pero lo voy a dejar pasar porque de hombres de buena fe es
perdonar”.
Diamante:
“In-moral”.
[Y mastica]
Cecilio:
“En estos
momentos Brillante Rubio (sic) no quiere tener una deferencia hacia este
enviado especial de Onda Madrid. Más
adelante, quizás, estará un poco más aliviado de sus agobios y podrá decirnos
algo”.
Diamante:
“In-genuo e
in-documentado”. [Da un trago y, sin alterarse lo más mínimo, sigue comiendo.]
El enredo se va poniendo
calentito y el gremio del cachondeo abandona la retirada mesa y toma posiciones
en torno a los contrarios. Toma la palabra Cecilio para poner las cosas en su
sitio:
“Hasta ahora
he venido soportando el trato que personalmente recibo del señor Rubio, porque
mi interés es participar a España sus opiniones”.
Diamante:
“In-trigante”.
[Pide el postre.]
Cecilio:
“Veo
efectivamente en estos momentos, que usted pretende zaherirme con su conducta
vil y displicente. Pero no lo va a conseguir porque, como dice el refrán
español, a palabras necias oídos sordos”. [“Bien, Cecilio, bien”, sanciona el
corro recién formado.].
Diamante, que únicamente deja
de mirar al plato para “adjetivar” cara a cara, replica:
“In-dividuo”.
Por algún resorte interno
Cecilio se queda paralizado, guarda el casete, y muestra visos de alta
excitación. Morente interviene para que no decaiga la función:
“Hombre, ya
lo de individuo... Ahí hay guasa, Diamante, que Cecilio es amigo nuestro ¿Cómo
se te ocurre llamarle individuo? Cecilio, te ha llamado individuo, ¿no? Yo eso
no lo aguantaría. Pero haces bien, mejor dejarlo”.
Cecilio:
“¡¡¡A mí
nadie me llama individuo!!!”. [“¡Así Cecilio, así!”, excita el coro
chirigotero.]
Diamante:
“In-cordio”.
Morente:
“Lo ves, eso
ya es otra cosa. Incordio sí, pero individuo...”.
Cecilio:
“Enrique, es
que me está faltando y yo no quisiera...”.
Morente:
“No,
Cecilio, no. Mejor vamos a dejar las cosicas.
Hombre, es que lo de individuo...”.
Cecilio el ofendido, teatral,
da el tono apropiado al parlamento que viene:
“Yo no
quiero agasajos hacia mí, Enrique. Pero tampoco puedo pasar por alto ciertas
actitudes. Yo sólo quería cederle la palabra para que diera sus impresiones a
esta España tan maravillosa, cuna del arte. Pero esta noche el arte se vuelve
en contra de las letras. El Rubio se encierra en estas vetustas paredes que nos
contemplan y no quiere darnos ni pelos ni señales. Y no contento con eso
pretende molestarme”.
Morente:
“Hay más
artistas aquí también, hay más artistas para entrevistar”.
Cecilio:
“Pero yo no
le permito esas palabras que me ha dirigido”.
Diamante:
“In-tolerante”.
Como fuera de sí, Cecilio
blandiendo su bastón hace una escenita:
“Sujetadme, sujetadme, que voy a cometer una
locura y le voy a abrir la cabeza”.
Morente:
“¡Un momento
que la están peinando! Cecilio, hay que buscar la comunicación. Ya sabes tú,
esto son cosas que tú las has dicho siempre, que hay que buscar la comunicación
total y no meterse en pleitos. Cecilio, tranquilo, que ya sabes tú que estoy a
tus órdenes. Llevas los asuntos de maravilla. Vamos a ver si no lo estropeamos.
Continuemos por la misma verea”.
Cecilio, repuesto así de la
hiperventilación:
“Dejadme,
por favor, que me pongo triste… Tengo tantas inquietudes en mi vida”. [Baja la
voz, agacha la cabeza y las gafas le cuelgan; sacando un pañuelo simula
enjugarse unas lágrimas invisibles.]
Morente:
“Venga ya,
Cecilio. De momento, haced las paces. Dale la mano al Diamante Rubio, que ya va
por el café”.
Cecilio:
“Enrique, ya
sabes que estas cosas no me gustan. Es cierto lo que dices en este momento
actual, en el cual vivimos y en el cual estamos inmersos”.
Le tiende la mano al Diamante y
prosigue el discurso:
“La intervención de la alocución de Enrique
Morente me hace reflexionar y te pido Diamante que me des la mano y suspendamos
las agresiones”.
Diamante Rubio permanece en
estado de reposo total y el contrariado Cecilio expone sus cuitas:
“¿Lo ves,
Enrique? Yo hago acto de reconciliación, pero este hombre que me ha hecho daño
no quiere y me está obligando a tomar otra determinación. Si quiere
hostilidades...”.
En ese mismo instante el
Diamante parece ofrecerle la ansiada mano. Cuando Cecilio acerca la suya,
Diamante le deposita en la misma una piruleta. Cecilio se queda colgado, no
sabe qué decisión tomar. Mira a Enrique esperando instrucciones…
Morente:
“Yo creo que
es signo de buena voluntad, Cecilio”.
Cecilio:
“No sé. Yo
otra vez reitero que mi actitud es cordial y cumplo mi cometido”.
Morente:
“Bueno. Como
eres una persona que tienes don de palabra, todo lo que digas va a ser genial,
va a ser extraordinario. Así que nos vamos a tomar la copilla que nos hemos
pedido, y ya te seguiremos escuchando hablar con esa cosa que tú tienes siempre,
con esa forma que te sale a ti, esa impronta”.
Cecilio:
“Tus
palabras conmovedoras en estos momentos de tristeza para un hombre español…”.
Morente interrumpe la arenga:
“No nos
pongamos tan hecatómbicos, tan hecatómbicos no nos pongamos”. [Se ríe.]
Cecilio, mientras, desenvuelve
la piruleta:
“Efectivamente,
me agarro al adjetivo en superlativo. Muchas gracias, Enrique, que has
intervenido en estos momentos de egoísmo y sinrazón”.
Diamante Rubio, puesto que ya
había cenado y abonado la cuenta, tomó el camino de la calle. Con el enemigo
perdido sobre el horizonte del puente de plata, Cecilio termina de librar la
piruleta del celofán y distraído se la mente en la boca. De repente reaparece
en escena el Diamante, se acerca al Cecilio de la golosina puesta y,
abandonando su pertinaz mutismo, remata:
“¡Ah, se me
olvidaba; In-fantil!
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| ENRIQUE MORENTE EN LA MINA AGRUPA VICENTA. ARCHIVO PACO PAREDES |



Que de arte en estas palabras, para comenzar la mañana, no esta mal. Gracias por compartir y déjame que te cuente algo que me pasó con Diamante. Estaba con mi chaval en la pza. del Carmen de cuando vivia en la Calle Navas-Tapas y el Rubio estaba en un banco sentado. Le dije al niño, ves al hombre ese del bastón? pues te acercas a el y le dices. Hola Diamante Rubio! así lo hizo y cuando volvió le pregunto ¿Que te ha dicho? nada, me ha dado esto. Y le habia dado veinte duros(una chocolatina) que arte granaino tenía el gachó.
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