POR: JOAQUÍN SÁNCHEZ "EL PALMESANO".
Si buscáramos descubrir el origen del
trovo o cualquier otra práctica similar a la improvisación de versos, sería
prácticamente imposible encontrar una fecha aproximada o señalar un lugar
concreto de nuestro planeta. Podríamos pensar, incluso, que esta faceta
artística se iniciara a partir de que el ser humano comenzara a comunicarse por
medio de la palabra y que, al igual que la música pudo nacer a raíz de que la
combinación de distintos sonidos realizados por uno o varios elementos
produjera agradables melodías para el
oído, se descubriera también en las
frases la composición de la sonoridad de las rimas, a la vez que la
estructuración silábica, el ritmo y la belleza de la expresión.
Y si buscamos una explicación retrospectiva de cuando
comenzó a practicarse el trovo en nuestra región de Murcia, podemos hacernos
muchas cábalas para adivinar el origen aproximado del comienzo de la repentización
de versos en estas latitudes.
Pero avanzando en el tiempo, sí podemos aseverar que en
nuestro trovo han podido coincidir a través de los siglos influencias de otras
culturas, entre las que se puede contar la de los árabes en la etapa musulmana
de la península ibérica a partir del siglo VIII (año 711), hasta finales del
siglo XV (año 1492).
Se tiene constancia de que durante el gobierno del Califa
musulmán Abd er Rhaman III (912 a 961), los árabes ya practicaban una forma de
improvisación de versos en su lengua y que siempre acompañaban con melodías de
música árabe, cuando realizaban sus luchas dialécticas populares.
Aunque mayor influencia ha podido tener nuestro trovo de
los trovadores y juglares de la Edad Media (entre los siglos XII y XV), que
componían sus estrofas a modo de canciones en la lengua de “oc”, cuyo origen
data de la Provenza francesa, situada al sur de ese país.
El trovador de esa época era, por lo general, un poeta
lírico cuya condición social era elevada y que expresaba sus versos siempre con
la misma melodía acompañado con algún instrumento cordófono, utilizando un fino
lenguaje para intentar darle belleza a la expresión del mensaje. El primer
trovador que se conoce de aquel periodo fue Guillermo de Poitiers, también conocido como “Guillermo IX de Aquitania” o “Guillermo el Trovador” (Guillaume le Troubadour).
El juglar era distinto, porque llevaba una vida más
ambulante, dedicándose a recitar sus versos con una entonación muy particular,
pero no melódica, haciéndolo unas veces con versos memorizados y otras improvisaba
utilizando distintos motivos temáticos, pero era un claro ejemplo de la
literatura de transmisión oral con carácter folclórico y popular. En algunas
ocasiones los juglares también se dedicaban a recitar por distintos lugares las
composiciones poéticas de los trovadores.
Y si seguimos avanzando en el tiempo, podemos situarnos a
principios del siglo XVII (año 1621), donde aparecen los primeros indicios
escritos que hablan de la existencia de los troveros en la comarca del Campo de
Cartagena y que ya realizaban sus pugnas dialécticas versificadas e
improvisadas en las plazas de los pueblos y caseríos de la zona, sometiéndose a
los distintos temas actuales en ese momento. Aunque también tenían por
costumbre trovarle cada uno de ellos al pueblo donde habían nacido para
ensalzar su patria chica y a sus convecinos. En algunas ocasiones concluían sus
intervenciones con alabanzas al sexo femenino del lugar donde participaban.
Las estrofas más usuales de aquella época eran la copla,
la cuarteta y la quintilla, siendo ésta última utilizada solamente por los
troveros más cualificados, que, de igual manera, eran los que siempre
procuraban respetar las reglas de la rima consonante y la medida del verso
octosílabo, intentando acoplarse a las normas de la preceptiva literaria de la
poesía española. Generalmente, los trovos se cantaban adaptándose a las músicas
folclóricas autóctonas de la época, acompañándose con instrumentos cordófonos
como la guitarra, el laúd o la
bandurria.
Pero fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX
cuando el trovo comenzó a tener más relevancia en esta comarca debido al auge
que adquirió la explotación de las minas de la Sierra de Cartagena y La Unión,
en el momento en que la economía en general y la agricultura estaba sufriendo
una crisis severa, ya que algunos troveros, buscando sus sustento para
sobrevivir, acabaron trabajando como mineros.
Y así fue como los troveros y sus improvisaciones
comenzaron a volverse mucho más reivindicativos, todo ello debido a las
penurias que sufrían dentro y fuera de la mina por culpa del abuso que sufría
el obrero por parte del patrono, trabajando duramente bajo tierra desde que
amanecía hasta que anochecía y cobrando como sueldo solamente unos vales que podían
utilizar exclusivamente para comprar alimentos y enseres en las tiendas que los
propios patronos poseían y que les servían para enriquecerse aún más a costa de
los tristes mineros.
Por aquellas fechas (1865) nació en La Palma el trovero
más laureado de la historia, José María Marín, que con la edad de 13 años tuvo
que trasladarse con su familia hasta el pueblo de El Algar, comenzando desde
entonces a trabajar en las minas de La Unión. Así fue como este genio de la
improvisación se fue uniendo al mundillo del trovo, a pesar de su corta edad,
donde comenzó muy pronto a destacar por sus grandes cualidades para la
improvisación.
Una anécdota importante es el cómo se incorporó de lleno
a este arte, porque dándose la circunstancia de que en esa época para ser
trovero había que saber cantarse los propios trovos, Marín intentaba participar
recitando sus versos, porque no sabía cantar ni tenía las cualidades mínimas
para ello, pero siempre era rechazado por los demás, que le obligaban a que
debía ser cantado. Fue entonces cuando a Marín se le ocurrió una idea para que
sus trovos también fueran cantados, invitando a uno de los cantaores que
asistían a la sesión de trovos, para que éste le cantara sus improvisaciones al
tiempo que él, verso a verso, se las iba dictando al oído, siendo aceptado como
trovero a partir de ese momento. Así fue como se creó la figura del cantaor del
trovo para los troveros que no sabemos cantar y que sigue y seguirá vigente
como algo peculiar del trovo de nuestra comarca, comenzando así una nueva y
esplendorosa etapa para el trovo.
Por aquellos años también llegó hasta La Unión, junto con
su familia y buscando trabajo en las minas, un jovenzuelo de 12 años de edad,
procedente de Pechina (Almería), llamado José Castillo, que en pocos años llegó
a conseguir ser un gran trovero alternando con los repentistas de la época y
convirtiéndose en uno de los rivales más fuertes que tuvo Marín.
También hubo un gran trovero que se unió a estos dos grandes
maestros del arte, que procedía de tierras catalanas y que llegó a afincarse en
La Unión, donde trabajo durante varios años y que se llamaba Manuel García
Tortosa “El Minero”.
A partir de ese momento, en La Unión, el cante minero y
el flamenco se fusionaron, en cierto modo, con el trovo, ya que los troveros
aportaron la mayoría de las letras que se cantaban en las distintas modalidades
de cantes y que sigue estando vigente en la actualidad.
Posteriormente vendría una época en la que el trovo
estuvo a punto de desaparecer, pero gracias a que seguían surgiendo nuevos
troveros que habían bebido de las fuentes de los troveros del pasado, el trovo
volvió a resurgir en la segunda mitad del siglo XX, llegando hasta finales de
ese siglo, que fue cuando se comenzó a conseguir el auge más importante de este
arte que llega a la actualidad alcanzando muchas metas y el reconocimiento
regional, nacional e internacional.
Y en La Unión el trovo seguirá estando vigente, porque
además de estar presente año tras año en sus Festivales Internacionales del
Cante de las Minas, al ser esta una tierra que ha dado grandes troveros, como
el inolvidable “Conejo II”, ahora va a seguir aportando troveros para la
historia que están surgiendo de la nueva “Escuela del Trovo de La Unión”, y
muy pronto podremos ver en los
escenarios a esos nuevos troveros unionenses y alguna trovera. Porque podemos
asegurar que La Unión tiene pasado, presente y futuro en el trovo.
DOS MAESTROS DEL TROVO. JOAQUÍN SÁNCHEZ "EL PALMESANO"
Y EL TRISTEMENTE DESAPARECIDO ÁNGEL CEGARRA "CONEJO II"
Por eso, ahora más que nunca, al trovo todavía le sigue
quedando un largo sendero que recorrer y muchas más metas que alcanzar, porque
así estaremos logrando que una parte de nuestra cultura autóctona siga viva para
continuar sembrando nuevos versos por todas las latitudes del mundo.
Joaquín
Sánchez “Palmesano”




Lo digo sin pasión
ResponderEliminary ademas muy contento
los troveros de La Unión
son el Arte al momento.
Saludos de Pirulero Anton/Copiring